Expulsión de los vendedores.

Jn. 2.13-15

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y también a los cambistas, sentados detrás de sus mesas...”

 

Jesús quiere celebrar la fiesta de la manifestación de la grandeza del Padre. La fiesta del paso de la esclavitud. La inauguración de la apertura de la liberación. Jesús se pone en camino hacia Jerusalén, la Jerusalén, ciudad nuclear de la promesa, punto de mira de los judíos, ámbito celebrativo de la revelación de Dios.

 

Pero el templo era un comercio. La celebración sólo puede darse en el contexto de la gratuidad y de la fiesta; la donación y la entrega. El encuentro festivo con Dios no requiere más que la apertura del corazón. Pero el corazón de los hombres estaba inquieto debido a los avatares del intercambio, del negocio y de la estafa.

 

Vendedores no faltan en nuestro corazón:

·        Vendedores de bueyes. De nuestro instinto de figurar. Pretensiones de poder, complacencia en llevar el carro a nuestra finca. Cuántas veces nos movemos con la autosuficiencia de un buey, creyendo que todo está a nuestros pies y que todo lo podemos. Cuántas vences hacemos intercambios para poder vivir desde nuestro engreimiento, por la satisfacción y el orgullo personal.

·        Vendedores de ovejas. Hay ovejas también en  el templo de nuestro corazón que vendemos para sacar provecho. Las ovejas que son nuestra flojera, nuestra falta de riesgo, nuestra incapacidad de ser nosotros mismos, rodeándonos y cobijándonos en el rebaño, en las acciones y opiniones de los demás, en el conservadurismo... En el intercambio o venta de nuestras ovejas, sacamos el provecho de vivir cobijados, instalados, mediocres.

·        Vendedores de palomas. Son nuestros vuelos, nuestras utopías en el aire, nuestra palabrería que tantas veces instrumentaliza a aquellos a los que pretendemos amar y servir. La ventaja que es la falta de compromiso. El quedarnos tras de la mesa como meros cambistas.

Zambullido en el misterio.

Camino lentamente por senderos castellanos, entre encinas, yerbas secas arrasadas por el sol, cardos amarillentos y algún matojo desperdigado. Siento la grandeza de saborear palmo a palmo la raquítica flora de estas inmensas explanadas que no se pierden, sino que se prolongan y prolongan y prolongan... Estas extensiones me hablan del eterno deseo humano  de infinitud, de su anhelo por expansión sin límites, de superación de cuanto pueda limitarle, de superar al propio obstáculo de la muerte.

 

El hombre y los campos castellanos llevan en su código interno la vocación de la trascendencia; sus contornos no quedan dibujados, no podemos captar sus límites. Todo se zambulle en el misterio, donde parece intuirse sus identidades definitivas.

 

Me paro para recoger una piedra que rompe ligeramente la monotonía de diseño de las demás. La observo detenidamente y recuerdo alguno de los conocimientos de geología que aún no he perdido con el paso del tiempo. Tiene estructura cristalina y sus capas está diseñadas como si se tratase de una obra de arte. Me sobrecoge la belleza de esta pequeña piedrecilla. Sin querer me transporta  hacia la realidad de un espíritu de misterio que mueve todo este trama que fundamenta el mundo y la vida.

 

No me bastan las explicaciones científicas. Sólo explican lo “visible”. Pero lo que a mí me fascina y me hace saborear la vida, la naturaleza, el cosmos..., es el misterio que los sustenta y los catapulta hacia lo grandioso.

 

La vocación del hombre, de la historia, de la naturaleza..., es la de la prolongación, la prolongación hacia la liberación total, hacia su sentido de plenitud definitiva. Dicho de otro modo, la prolongación hacia Dios. Es fácil descubrir esto en los paisajes salvajes donde aún no ha intervenido la mano destructora del hombre, donde se conserva la propia originalidad y sentido. El problema que nos inunda de oscuridad es el producto de poner contornos y límites a todo. Y ocurre que los parajes salvajes, sin contorno ni límites, que respiran el ansia de la prolongación, se convierten en parcelas pobladas de contornos y límites bien definidos, cotos de caza, edificaciones que no dejan ver el horizonte... Las puertas se cierran y comenzamos a dar explicaciones científicas, razonamientos de peso, tratando de convencernos de que la única explicación posible de todo es la razón. No nos damos cuenta de que la razón opera sobre objetos y realidades parcelados a los reducimos con límites. Pero nos sentimos incapaces de explicar LA GRAN REALIDAD, la que está penetrada por el misterio.

 

La oscuridad humana surge de los cotos puestos en la naturaleza, en los bienes materiales, en las relaciones sociales; de los cotos puestos a la aventura de proyectar todo fuera de los contornos artificiales que establecemos.

 

Me preguntaba una chica, impresionada por la afirmación: “Dios me ha elegido desde el seno materno”, que si eso quería decir que estaba predestinado. Le respondí que no. No somos marionetas de Dios. La llamada que Dios hace desde “el seno materno” va dirigida a todo hombre y no es otra que la de participar en su proyecto, de que todo se prolongue hacia su definitiva plenitud. Ahora bien, no todos pueden ser sensibles a esa llamada. No porque Dios no quiera, sino porque nosotros hacemos contornos a la realidad, empobreciendo las posibilidades que tiene la persona de encontrarse con el verdadero sentido de su vida y de la historia humana. Dependerá de los contornos económicos, culturales, humanos, relacionales, etc., el que exista mayor o menor dificultad en escuchar la llamada. Y estos contornos no los pone Dios.

 

El contemplar los parajes agrestes de los campos castellanos, aplanados por el sol de verano, me sugieren la idea de la muerte. Reconozco que me resisto a concebirla como positiva, como también es difícil imaginarse estos campos estériles como portadores de fecundidad. La muerte no podemos concebirla sólo como el fin de nuestra vida. Hay que unirla a la idea de privación, de falta, de ruptura con algo o alguien. Estos campos me hablan de la muerte a la que son sometidas las poblaciones de estas tierras desde tiempos lejanos. De la esclavitud  de la tierra en la que se encuentran sumidos, por el déficit de bienes, esos que les han sido arrebatados. La muerte va ligada a la idea de condiciones míseras de subsistencia, de cercenar las aspiraciones de libertad y liberación que apenas conocen. Pero también a la de fecundidad, esperanza en los campos, en los hijos, en la naturaleza y en Dios, dador de las condiciones de crecimiento de las mieses. Muerte y vida; desierto y fecundidad; límite y resurrección.

Amor regalado

Entrañable Dios:

 

En el corazón de la Historia me has donado tu tiempo. Y yo vivo en ella sostenido por tu pasión de amor. Quiero dejar que fluya en mi, tu amor regalado; que llegue a los corazones de los hombres y mujeres, mis hermanos, a aquéllos que recorren conmigo los vericuetos y caminos.

 

 

Zambullido en tu amor inmenso, impulsado por tu tiempo sostenido, voy de marcha por la vida, descubriendo en el horizonte, los rasgos de tu imagen proyectados sobre el mundo. Este mundo que tú nos has dejado como espacio donde volcar el amor.

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